jueves, 1 de julio de 2010

22 de Agosto de 2006: Doctor Valencia is defunct.

Nada más certero que la sensación de estar luchando en vano. Otra ida y vuelta del siquiátrico, sentado por horas, esperando mi turno para descargarle mis alteraciones mentales a un hombre como cualquiera de nosotros; con necesidades, carencias y debilidades. Culpable de esa explosión sicosomática que no puedo controlar y que enfrento con mucho corazón y quizá algo de valentía, pero con nada de astucia; y es que no sé de qué asirme para defenderme de mí mismo. Mi punto débil soy yo: dos seres internos me gobiernan, a uno le llamo amigo y al otro enemigo. Se pasan la batuta de mi mente en la ocasión menos indicada. Al que llamo enemigo no lo conozco del todo bien, pero él sabe de mis debilidades, sabe qué hilo nervioso debe tirar para envolverme en el espectáculo más bochornoso de mi vida: estar sentado entre una señora gorda que no para de hablar de la recuperación de su mente y un tipo tan flaco que ya la locura me empieza a asustar. El hijo de alguien corre, cae y se levanta, llora un poco pero vuelve a correr, qué poco tolerante me estoy volviendo, ya ni recuerdo qué tan movedizo era yo a esa edad, recuerdo que me gustaba correr, y hablaba siempre en voz alta, ni cuando gritaba auguraba estar sentado, 15 años después, en el piso 4 de una clínica local, frente a un tipo de terno que no para de hablar por el celular. Podría ser el único menor de treinta o de cuarenta o de cincuenta años, y ya las décadas son nada estando sentado ahí. Todos parecemos estar conectados síquicamente, cada uno adivina el mal del otro, nos lanzamos miradas cómplices y luego una sonrisa. Quizá hoy sólo necesitemos un poco de rivotril.



Uno a uno vamos ingresando al consultorio, yo soy el último en la lista. Una anciana se demora más de la cuenta y me desespero. Llega mi turno. Ingreso y me saluda un hombre de enana apariencia, un japonés apellidado Kanashiro. Al ingresar a la clínica me dijeron que el antiguo siquiatra no estaba, no me pareció raro así que pensé: qué importa, ya otro día lo veré. El tal Kanashiro me preguntó si yo veía al antiguo siquiatra. Sí, respondí. Él dijo: Caray, qué pena hijo, él era mi gran amigo, falleció hace poco. 

Aquel anciano de barba blanca que me atendió por una buena temporada había muerto, y tanto que me costó que entendiera y aceptara a esta maraña de rarezas y sentimientos degenerados que soy yo, ahora tengo que empezar a contarle de mi mundo a este enano japonés que parece estar muy feliz de todo. Para que termine rápido la rutina le hablo de mis extraños pensamientos, de mis extrañas ideas, de mi comportamiento y de mi otra realidad. Luego, devienen las preguntas lógicas, las frases con trucos de siquiatra, los artilugios (me los sé todos), las medicinas caras y extrañas que nunca encuentro en las farmacias, el reloj avanzó 40 minutos y no me di cuenta. No me siento mejor y mi siquiatra está muerto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada