domingo, 23 de marzo de 2014

Amador

Todas las  relaciones de Amador cumplieron cabalmente un proceso de desgaste natural e inexorable, como la oxidación de los metales o la putrefacción de las frutas. Ay el amor! aparece en la vida tan sorpresivo que nadie está preparado para recibirlo, asimilarlo, ni mucho menos protegerlo. Inevitablemente lo descuidamos, lo perdemos, nos desentendemos y luego, tan impunemente nos volvemos a enamorar.

El amor es una debilidad, nos vuelve vulnerables en una  etapa en la que estamos expuestos a una serie de peligros y daños irreparables, como la pérdida de la confianza luego del engaño o la aceptación de la soledad como el mejor de los escudos;  por el contrario, el desamor es la herramienta que genera la superación personal, como una fuerza que te obliga a la auto sanación, como la fiebre que consuela con el sudor al cuerpo previo a la recuperación. Así pensaba Amador. 


Cloe lo conoció arrogante y perverso. Amador vivía obsesionado con el dolor y la melancolía. Una vez soñó que Cloe lo engañaba, al despertar deseó que el sueño fuera realidad. La odió secretamente. Ella lo enteraba de su amor en cada una de sus sonrisas. 

Después de descubrirse masoquista, empezó a temerle a todo, cualquiera podría ser su enemigo o en cualquier lugar de la ciudad estaría esperándole alguna trampa mortal. Tales paranoias lo tenían fascinado.

Cloe lloró toda una noche al descubrir que Amador era incapaz de demostrarle algún gesto de amor en público. Todo empezó como un juego: ella le ponía apodos cursis, lo besaba en la frente, le prodigaba infinitas bendiciones; finalmente, lo imantó a su ser en un abrazo casi eterno, y así, en vano esperó la reciprocidad. Empequeñecido en el abrazo de Cloe, Amador descubrió que le aterrorizaba la inexorable soledad.

Marta lo engañó siempre. Ella adoraba la actitud bohemia de Amador, por eso siempre lo consideró a él su pareja oficial, los demás la disfrutaban en la clandestinidad. 

Amador siempre lo supo pero nunca le dijo nada a Marta, tampoco le fue infiel. Su mente era su acosador incansable. Amador hizo todo lo posible por mantener viva esa relación, pero cada vez se sentía inferior a ella, para estar a su nivel empezó a despreciarla. Algunas veces le comentaba que había conocido a una chica más linda que ella, otras veces  le dejaba pistas de infidelidades que nunca cometió, solo así se sentía cómodo ante su presencia. Marta terminó la relación con él tres meses después. Amador perdió la mirada en la insondable noche y calló con todas sus fuerzas un ‘no me dejes’. 


Adela era diez años menor que Amador. Era de una provincia alejada de la capital, de una ciudad calurosa. Era madre soltera y trabajaba para pagar sus estudios de cosmetología. Tenía el rostro angelical y malévolo a la vez, como de niña disfrazada de adulta.  Pesaba cincuenta y cinco kilos y medía un metro con sesenta y tres centímetros. La maternidad y la juventud moldearon sus senos y caderas en justa proporción diabólica. Era salvajemente hermosa. Él se iba enamorando sin oponer resistencia.


Jamás contó el final de su historia con Adela. Al respecto, se limitaba a comentar siempre lo mismo: ‘Era inevitable, es el ciclo del amor’. La última vez que lo dijo sintió una exaltación y luego un gran alivio, como quien descubre una solución o estrategia. Entonces, musitó que las ganas de amar llegan sólo después de haberlas contenido por mucho tiempo. Luego, razonó más detalladamente: primero, uno se debe acostumbrar a la soledad; luego, la soledad potencia las ganas de amar; entonces, el amor brota con una fuerza incontenible. Tal razonamiento, evidentemente, era un sofisma.

viernes, 14 de diciembre de 2012

El síndrome Bob Dylan


'No tengas miedo de escribir lo que merece ser contado' 
Gordo Diego

Todas las  relaciones de Amador cumplieron cabalmente un ciclo repetitivo de un proceso de desgaste natural e inexorable, tal como la oxidación de los metales o la putrefacción de las frutas. Ay el amor, nace tan sorpresivo que nadie está preparado para recibirlo, asimilarlo, ni mucho menos protegerlo. Inevitablemente lo descuidamos, lo perdemos, nos desentendemos y luego, tan impunemente nos volvemos a enamorar.

Cuando Cloe, Marta y Omaida lo abandonaron, ya presentía que había algo ajeno a él, un factor externo, como una fuerza que lo obligaba siempre a desentenderse de todo, no  en vano lo terminaron por inmaduro. Por último, cuando Adela lo dejó, concluyó que el factor externo tenía nombre y apellido, Bob Dylan.

La sensibilidad al arte es una virtud que no todos poseen, viene acompañada siempre, a futuro, de rasgos menos agradables como la abstracción de la realidad y el delirio. La riqueza sensitiva de estas personas sólo se ve opacada por su propia degradación; entonces, con el tiempo, pasan de la sensibilidad a la extravagancia, del don de la expresividad al dramatismo, y la creatividad, cuando los sueños fracasan, termina por convertirse en vergüenza, envidia y depresión. Irremediablemente, la única salida es la enajenación, como bien definen los eneagramas occidentales de la personalidad al tipo cuatro o cuarto vértice. Amador encaja en esta descripción, y nadie se lo iba a decir jamás.

Amador nunca había escuchado alguna canción de Dylan, pero semejante a él poseía múltiples virtudes artísticas: enamoraba con poemas, escribía versos y los cantaba en fiestas, una vez dibujó casi a la perfección el rostro de una de sus novias, tal gesto le valió la fama de artista y la licencia para un par de infidelidades. Tampoco se parecía  físicamente a Dylan  pero cuando lo vio en un póster en el cuarto de Cloe, luego del acto del amor, que siempre le sucede,  como un premio, al juramento del amor, se reconoció vagamente, como el rostro que se esboza en el espejo ahumado.

El amor es una debilidad, nos vuelve vulnerables en una  etapa en la que estamos expuestos a una serie de peligros y daños irreparables, como la pérdida de la confianza luego del engaño o la aceptación de la soledad como el mejor de los escudos;  por el contrario, el desamor es la herramienta que genera la superación personal, como una fuerza que te obliga a la auto sanación, como el sudor que consuela al cuerpo afiebrado previo a la recuperación. Así pensaba Amador.

Cloe lo conoció arrogante. Con escasos diecisiete años tuvo el infortunio de conocer el peor de los amores, el no compartido. La destreza en la articulación de las palabras, la representación gráfica de los sentimientos, y el desarrollo de otras expresiones artísticas de Amador no lo llevaban a obtener un buen trabajo, tampoco una beca estudiantil; por el contrario, estaba obsesionado con el dolor y la melancolía. Una vez soñó que Cloe lo engañaba, al despertar deseó que el sueño fuera realidad. La odió secretamente. Ella lo enteraba de su amor en cada sonrisa.

Poco después de descubrirse masoquista, empezó a temerle a todo, cualquiera podría ser su enemigo o en cualquier lugar de la ciudad estaría esperándole alguna trampa mortal. Tales paranoias lo tenían fascinado.

Se propuso la siguiente solución: sus miedos, generados por él mismo, los guardaría como el secreto más aberrante que puede callar un hombre, como un gozo privado. Sólo expresaría dicha e ingenio. Pero es ardua la labor de quien debe decir lo que no siente, y más arduo es callar lo que de verdad se quiere decir. A este último problema también le encontró solución. Sin darse cuenta, como los recién nacidos cuando aprenden por imitación el comportamiento, había adoptado una serie de poses y manías de  personajes públicos que poseían gestos que no reflejaban nada a quien los mirase, como mirar al mar, que es atractivo por ser inalcanzable, pero indescifrable por la misma razón. Tenía argumentos aprendidos para distintos  temas de conversación, así, un día podía justificar la peor de las guerras y por la noche asombrarse por la muerte de una res a manos del hombre. Poseía entonces una buena cantidad de gestos practicados al detalle, sus maestros eran la televisión y los libros. Pero su nuevo comportamiento lo envilecía cada vez más: Cloe lloró toda una noche al descubrir que Amador era incapaz de demostrarle algún gesto de amor en público. Todo empezó como un juego: ella le ponía apodos cursis, lo besaba en la frente dándole infinitas bendiciones, finalmente lo imantó a su ser en un abrazo casi eterno, y así, en vano esperó la reciprocidad. Él tenía que seguir firme, como el soldado que se resiste a delatar a su armada cuando es interrogado por el enemigo: el amor es una debilidad, el amor es una enfermedad, el amor nunca es eterno. Empequeñecido en el abrazo de Cloe descubrió que le aterrorizaba la inexorable soledad.

En 1965, en una conferencia de prensa en San Francisco, Bob Dylan ridiculizaba a los periodistas: se desentendía de las preguntas con una actitud tan atractiva que la misma prensa ridiculizada aprobaba. El gesto máximo de la indiferencia no te da la victoria en una discusión, pero te permite terminarla sin perder. Un reportero le pregunta a Dylan por su presencia en una manifestación, pactada para el mismo día en horas más tarde, en contra de Vietnam frente al hotel Paramount, realizada por la juventud norteamericana comprometida y azuzada cada vez más por las canciones del mismo Dylan. Amador miraba ansioso el documental que reproducía dicha conferencia. Dylan responde: Esta noche estoy ocupado. Luego se dibuja una sonrisa socarrona en su rostro. Luego se sacude cualquier responsabilidad en dos pestañeos. Luego la risa se hace masiva y cómplice.

Marta lo engañó siempre. Ella adoraba la actitud bohemia de Amador, por eso siempre lo consideró a él su pareja oficial, los demás la disfrutaban en la clandestinidad. Amador nunca supo cuántos amantes tuvo Marta, sólo tuvo la certeza de la existencia de uno de ellos. Se enteró justo el día de los enamorados. Yendo a separar una habitación en un hostal, la vio salir de ahí con un tipo muy parecido a él. Éste llevaba un traje anacrónico y fumaba dando bocanadas interminables. Ella parecía adorarlo, al amante le era indiferente.

La idea de Marta fornicando con el otro falso Bob Dylan saturaba todos sus pensamientos. Le sorprendió lo impredecible de sus sentimientos. Algunas veces le daban arcadas, otras veces se excitaba imaginándola lo más vulgar posible en sus encuentros secretos, otras veces se sentía humillado, y a cada sentimiento le correspondía una acción también impredecible, algunas veces hacía dibujos de muchos hombres fornicando a una sola mujer, otras veces bebía o consumía drogas, otras veces se masturbaba imaginándola con otros, les ponía distintos rostros y cuerpos a sus amantes. Nunca le dijo nada a Marta, tampoco le fue infiel. Los celos callados lo ataban más a ella, quería saber siempre su ubicación, qué hacía cuando él no la veía, cuántos amantes tendría. Pero nunca hizo nada por descubrir más, su mente era su acosador incansable. Amador hizo todo lo posible por mantener viva esa relación, pero cada vez se sentía inferior a ella, para estar a su nivel empezó a despreciarla. Le comentaba a menudo que había conocido a una chica más linda que ella, algunas veces la dejaba plantada en sus citas, otras veces  le dejaba pistas de infidelidades que nunca cometió, sólo así se sentía cómodo ante su presencia. Marta terminó con él tres meses después. Le dijo que sentía un alejamiento de parte de él, que ya no la amaba como antes y que había encontrado a alguien que sí lo hacía. Amador perdió la mirada en la insondable noche y calló con todas sus fuerzas un no me dejes.

El vínculo que lo unió a Omaida, dos años después de lo de Marta, fue la admiración que sentía ella por él. A la admiración le sucedió la dependencia, como era de esperarse.  Ella era mayor que él. No reconocía en la vida de Amador ninguna actitud de los jóvenes de su época, todo era especial en él, como una nueva juventud. Amador sólo desarrolló en esta relación el egocentrismo y el abuso, como era de esperarse.

Cada gesto de indiferencia por parte de Amador calaba en Omaida como una acusación o venganza. Por ejemplo, ella llama por teléfono y él no contesta, ella piensa qué acción pudo cometer para que él se molestase al punto de no responderle las llamadas. O él se niega a verla en un periodo largo; ella piensa que la razón más probable es un castigo por no haberle dado la cantidad justa de intimidad. Así, en un periodo aproximado de dos años, se dieron las más disparatadas situaciones de reciprocidad. Una mirada de desprecio podía generar una mayor cantidad de besos. Un rasguño sospechoso en la espalda o pecho, derivaba en una noche de sexo. El mirar con deseo a otra mujer lo hacía merecedor de un almuerzo familiar en casa de ella. Pero tal contexto pronto se volvió un tormento para Amador. Al cabo de un buen tiempo, llegó a pensar que todas esas actitudes de Omaida eran producto de un sentimiento de culpa que la agobiaba y que sólo podía apaciguar con tales complacimientos. Un sentimiento culposo como una infidelidad. Más adelante pensó que ningún gesto de indiferencia o desprecio era atendido como tal porque ella no lo amaba realmente. Casi siempre concluía que Omaida toleraba esa situación como sacrificio para no caer en la más profunda soledad.

Entristecido decidió terminar con esa relación. Lo pensó mucho antes de decidirlo en su totalidad. Evaluó todos los beneficios que esa relación le ofrecía, y estos superaban largamente  las penas de su agitado pensamiento. Aun así, sabía que pronto tal situación terminaría por cansar a Omaida. Se planteó a sí mismo el siguiente razonamiento: si yo cometo alguna acción que enfatice mi desagrado por ella, esta acción sólo generará que ella se adjudique las causas que la provocaron. Entonces, duplicará sus esfuerzos para revertir tal situación. Después, razonó más detalladamente: Yo termino con ella. Luego, ella se siente culpable. Entonces, me pedirá una nueva oportunidad ofreciéndome el doble de amor. Tal razonamiento, evidentemente, era un sofisma.

Ultimaba detalles de su matemático plan, cuando una tarde, de un diecisiete de julio, recibió una inesperada llamada telefónica de Omaida. Primero, le reclamó tanta desidia en tanto tiempo de relación, luego le contó que últimamente sólo sentía tristeza y desazón. Finalmente, lo enteró de cuánto lo quería, sin ejemplos ni artilugios verbales, digamos que simplemente cuantificó su amor en infinito. Luego le cedió el turno a Amador. Él pensó que era  obvia la razón de esa llamada. Era el momento perfecto para ejecutar su plan. Pero el plan no estaba terminado. Tendría que improvisar. Al silencio sepulcral le sucedieron las siguientes palabras de Omaida: prefiero terminar la relación que seguir sintiendo esta pena, a menos que quieras convencerme de lo contrario… Omaida, recién al cabo de unos segundos se pudo percatar que ya Amador había colgado.

Dos años transcurrieron lentamente. Amador tenía ya treinta y cinco años. A esa edad conoció súbitamente a Adela, en un bar. Él la sacó a bailar, ella aceptó. No se volvieron a ver sino hasta el final de la noche. Ella tropezaba subiendo las escaleras (el bar era un sótano), él la vio y corrió a ayudarla. Adela no estaba sola, la acompañaba su prima, Ester. Intercambiaron números en ese instante y se despidieron. Pocas horas después, las primeras luces del día ingresaban al cuarto de Amador, augurando el inicio de una nueva aventura. Adela lo llamó y le agradeció por lo de la noche. Él se iba enamorando sin oponer resistencia.

Adela era diez años menor que Amador. Era de una provincia alejada de la capital, de una ciudad calurosa. Era madre soltera, trabajaba y pagaba sus estudios de cosmetología. Tenía el rostro angelical y malévolo a la vez, como de niña disfrazada de adulta. Pesaba cincuenta y cinco kilos y medía un metro con sesenta y tres centímetros. La maternidad y la juventud moldearon sus senos y caderas en justa proporción diabólica. Era salvajemente hermosa.

Amador la deseó desde el primer día que la conoció. Pensó que ya era momento de enamorarse de verdad,  y Adela, con su estructura ósea infernal, le pareció la mejor opción. Al cabo de dos meses, formalizaron su relación con un encuentro sexual. Nunca hubo palabras de por medio. Ella le juraba que cada vez más se iba enamorando de él. Él se pasaba los días buscando fórmulas para eternizar la relación. No volvería a cometer más el error de interpretar al maléfico Dylan.

Nunca reparó, Amador, en que Adela vivía constantemente asediada por otros admiradores. Un día en una heladería, Adela atendía una llamada telefónica. La ausencia de clientes en el local permitió que Amador se percatara que la voz en el teléfono celular de Adela, era masculina. Adela, con toda naturalidad, concluyó la conversación telefónica pactando un encuentro con el desconocido un par de días después.

La última vez que lo vi a Amador, me contó la historia de su vida en una noche interminable en el bar de un amigo en común. Casi al amanecer pudo concluir que aún seguía viendo a Adela, que sentía una atracción enfermiza por ella. Terminábamos la velada con unas canciones de Bob Dylan, que Amador aprendió a cantarlas muy bien. Yo acompañaba con una guitarra del local. De pronto una llamada en mitad de canción inmortalizó el rostro de Amador en un gesto de desesperación. Era Adela. No sé qué conversaron durante ocho minutos exactos, pero al final pude ver a Amador, convertido en un desmejorado Bob Dylan, cantarle, o más bien, resumirle su historia en una frase: no me dejes, I want you so bad.



sábado, 28 de mayo de 2011

Un ángel escondido

Suena como reloj cuando ella baja las escaleras: un paso es un segundo; y desde mi posición logro ver sus piernas regordetas aparecer, sus nalgas parecen los cojines de mi sala, su nariz es larga pero muy fina, y sus ojos grandes, enmarcados en el contorno rojo de sus lentes, parecen siempre estar a punto de llorar.
 
Un día entró a mi lugar y se rió como bruja. Me causó ternura. Siempre anda ocupada y come sola. Sé que sabe que la miro, pero ella nunca me mira a mí. Ella lleva mucho más tiempo que yo ahí, pero no habla con nadie. Yo la saludo cordialmente: agito la mano, me acerco e intento iniciar una conversación, pero ella sólo dice buenos días y jamás cruza esa barrera que la uniría a mi secreto.


Un día yo fui a su lugar, el famoso segundo piso, y la vi  en un cubículo pequeño tecleando una computadora (¿Quién esconde a un ángel así?). Pensé que al estar ahí ocho horas al día cualquier mujer se convertiría en bruja. Pero ella no es bruja. Es mamá. Hoy me enteré. No me la imagino haciendo o dejándose hacer el amor, pero ya es mamá. Me lo contó hoy.

Imagino que un hombre la espera en las noches, por eso sale rápidamente a las seis, no se despide de nadie porque da igual, a todos nos volverá a ver al día siguiente. Y yo la veré también, distinta a como la ve el resto: unida ya, por un delgado hilo, a mi secreto.

sábado, 10 de julio de 2010

Sicalíptico


Gótica, qué bien bailas, estira tus brazos y gira como una nube embudo sobre tu propio eje y arrástrame a tu centro. Y ahora, gótica, qué bien besas. Agita tu lengua en mi boca y mastica la mía, que así sea nuestro primer beso. León y leona devorándose a ritmo de Depeche Mode.
Seduce y déjate seducir, un paso tras otro. Aléjate, pero no hagas imposible la noche. Dibújame un camino que empiece en tu cuello, cambia los ojos a verde de una vez y déjame pasar. Descansa ya y dale una oportunidad a lo simple; que ahora, que soy más negro que tú, si me dejaras te abriría como a un regalo, o te abriría como a un pez
.


domingo, 4 de julio de 2010

CUMPLEAÑOS FATAL 2

"A mi querido amigo 'coyote'"

Cómo te detesto cuando estás ebrio. Detesto tu risa alargada y grave. Y detesto tus ojos desorbitados siguiendo a la vez a tus dos manos. Cómo te detesto. La vergüenza que me has hecho pasar. Porque te vi intentando romper esa mesa, o quizá la rompiste, no recuerdo. Te vi también brincando de un mueble a otro, como un felino tras su presa, y caer sobre los invitados. Cuando le escupiste al tipo apodado ‘el panda’, la cara que debiste haber puesto, me la imagino, esa sonrisa con la boca exageradamente abierta y salivando con la lengua de colmillo a colmillo.

Pero peor tú que yo. Intentando la sobriedad cuando te quieres derrumbar dándole de patadas a todos. Peor tú, resistiéndote con la elocuencia hasta el umbral de la ira. Ridículo has de verte, tan elegante y de pronto caer en la barbarie; como quien pasara del llanto a la risa. Siempre has de caer conmigo, abrazándonos algunas veces y otras enemistados; como hoy, que te levantas tan sincero e inocente, tan impune, después de haber roto a patadas la mesa ésa, y exhortando al alboroto a quien tuviera la mala suerte de caer en tu juego.

Así pues, ahora que compartimos el pecado, compartiremos también el perdón; hasta el día en que me alejes de tu lado tanto como puedas alejarte tú de mí.





jueves, 1 de julio de 2010

22 de Agosto de 2006: Doctor Valencia is defunct.

Nada más certero que la sensación de estar luchando en vano. Otra ida y vuelta del siquiátrico, sentado por horas, esperando mi turno para descargarle mis alteraciones mentales a un hombre como cualquiera de nosotros; con necesidades, carencias y debilidades. Culpable de esa explosión sicosomática que no puedo controlar y que enfrento con mucho corazón y quizá algo de valentía, pero con nada de astucia; y es que no sé de qué asirme para defenderme de mí mismo. Mi punto débil soy yo: dos seres internos me gobiernan, a uno le llamo amigo y al otro enemigo. Se pasan la batuta de mi mente en la ocasión menos indicada. Al que llamo enemigo no lo conozco del todo bien, pero él sabe de mis debilidades, sabe qué hilo nervioso debe tirar para envolverme en el espectáculo más bochornoso de mi vida: estar sentado entre una señora gorda que no para de hablar de la recuperación de su mente y un tipo tan flaco que ya la locura me empieza a asustar. El hijo de alguien corre, cae y se levanta, llora un poco pero vuelve a correr, qué poco tolerante me estoy volviendo, ya ni recuerdo qué tan movedizo era yo a esa edad, recuerdo que me gustaba correr, y hablaba siempre en voz alta, ni cuando gritaba auguraba estar sentado, 15 años después, en el piso 4 de una clínica local, frente a un tipo de terno que no para de hablar por el celular. Podría ser el único menor de treinta o de cuarenta o de cincuenta años, y ya las décadas son nada estando sentado ahí. Todos parecemos estar conectados síquicamente, cada uno adivina el mal del otro, nos lanzamos miradas cómplices y luego una sonrisa. Quizá hoy sólo necesitemos un poco de rivotril.



Uno a uno vamos ingresando al consultorio, yo soy el último en la lista. Una anciana se demora más de la cuenta y me desespero. Llega mi turno. Ingreso y me saluda un hombre de enana apariencia, un japonés apellidado Kanashiro. Al ingresar a la clínica me dijeron que el antiguo siquiatra no estaba, no me pareció raro así que pensé: qué importa, ya otro día lo veré. El tal Kanashiro me preguntó si yo veía al antiguo siquiatra. Sí, respondí. Él dijo: Caray, qué pena hijo, él era mi gran amigo, falleció hace poco. 

Aquel anciano de barba blanca que me atendió por una buena temporada había muerto, y tanto que me costó que entendiera y aceptara a esta maraña de rarezas y sentimientos degenerados que soy yo, ahora tengo que empezar a contarle de mi mundo a este enano japonés que parece estar muy feliz de todo. Para que termine rápido la rutina le hablo de mis extraños pensamientos, de mis extrañas ideas, de mi comportamiento y de mi otra realidad. Luego, devienen las preguntas lógicas, las frases con trucos de siquiatra, los artilugios (me los sé todos), las medicinas caras y extrañas que nunca encuentro en las farmacias, el reloj avanzó 40 minutos y no me di cuenta. No me siento mejor y mi siquiatra está muerto.

martes, 29 de junio de 2010

PAVEL

Pavel se encontraba muy nervioso ese lunes en la madrugada, no había podido dormir porque aún tenía los recuerdos del día anterior. Se habían metido a su casa, que era más bien un cuarto, y se habían llevado su ropa, los libros que le quedaron de su época universitaria, y su vínculo más cercano a la sociedad, su pequeña radio portátil. Contó muy bien, repetidas veces, el total de su dinero. En esa caja de cartón no faltaba una sola moneda.

En una hora exacta de extraña lucidez, Pavel ideó mil formas y situaciones, en las que una o más personas pudieron entrar a su habitación, seleccionar emocionalmente el botín, y cargar con lo robado. Cada opción se ramificaba en muchas más, su investigación era una enredadera o laberinto sin salida. Eligió no entender el robo.

Desde que Alan Tassara, su hermano, desapareció un mes atrás; la única forma en la que lograba conciliar el sueño era de puro cansancio, después de haber escuchado, por lo menos, una hora de noticias radiales, que lo devolvían a la realidad por momentos. Se alegraba cuando una opinión suya sobre alguna noticia coincidía con la del periodista que la comentaba. Pavel no salía mucho, se pasaba horas leyendo siempre los mismos textos académicos, como si quisiese encontrar algún error en el desarrollo de algún modelo matemático o una omisión en un dato histórico. También se entretenía recordando su etapa universitaria; pero le fallaba la memoria a menudo, ya no recordaba si era física o filosofía la carrera que siguió en aquella época, si ese nombre escrito en la hoja final de su cuaderno era de algún amigo o del verdadero dueño del libro, sencillamente se le iban los recuerdos; y cuando esto ocurría, la inercia lo llevaba a la mesita de noche que aún conservaba desde la niñez, llevaba el nombre de su hermano tallado en uno de los extremos, se sumergía en ese mueble de madera vieja hasta que sus dedos, por fin, encontrasen las pastillas desperdigadas, y hasta escondidas, recetadas por distintos médicos en distintas fechas. Rivotril, se podía leer en casi todas las recetas viejas y arrugadas.


Ese melancólico lunes, Pavel recordaba que el domingo llegó del parque; donde solía pasar horas sentado contando a las palomas que se multiplicaban en el cielo, y encontró la puerta de su cuarto abierta; cuando entró vio la mitad de sus cosas tiradas en el piso, y la otra mitad, la de su hermano, la más importante, ya no estaba. Decidió Tomar muchas pastillas, para sacarse los recuerdos inmediatamente o para  recordar más, no lo sabía. De pronto se fue la luz; y a Pavel le pareció esa situación, el cuarto sin su radio y sin luz, una soledad exagerada; no lo toleró; el miedo y la depresión se convirtieron en ira y venganza, de pronto se oyeron pasos en el corredor que daba a su cuarto, los golpes de los seguros que producían los giros de las llaves lo pusieron más nervioso, Pavel pensó que el ladrón había venido por su otra mitad, se escondió tras de la puerta empuñando el bastón con el que se desplazaba. Finalmente, se abrió la puerta en su totalidad, alguien entró, no se veía nada, pero Pavel supo que el ladrón se estaba dirigiendo hacia la cama de su hermano y no lo toleró más, lo hizo responsable de su soledad y lo golpeó salvajemente hasta hacerlo perder la razón. No pudo oír cuando el ladrón le dijo: Soy yo, Alan, ayer vine por mis libros de la universidad, por mi ropa y mi radio.