viernes, 14 de diciembre de 2012

El síndrome Bob Dylan


'No tengas miedo de escribir lo que merece ser contado' 
Gordo Diego

Todas las  relaciones de Amador cumplieron cabalmente un ciclo repetitivo de un proceso de desgaste natural e inexorable, tal como la oxidación de los metales o la putrefacción de las frutas. Ay el amor, nace tan sorpresivo que nadie está preparado para recibirlo, asimilarlo, ni mucho menos protegerlo. Inevitablemente lo descuidamos, lo perdemos, nos desentendemos y luego, tan impunemente nos volvemos a enamorar.

Cuando Cloe, Marta y Omaida lo abandonaron, ya presentía que había algo ajeno a él, un factor externo, como una fuerza que lo obligaba siempre a desentenderse de todo, no  en vano lo terminaron por inmaduro. Por último, cuando Adela lo dejó, concluyó que el factor externo tenía nombre y apellido, Bob Dylan.

La sensibilidad al arte es una virtud que no todos poseen, viene acompañada siempre, a futuro, de rasgos menos agradables como la abstracción de la realidad y el delirio. La riqueza sensitiva de estas personas sólo se ve opacada por su propia degradación; entonces, con el tiempo, pasan de la sensibilidad a la extravagancia, del don de la expresividad al dramatismo, y la creatividad, cuando los sueños fracasan, termina por convertirse en vergüenza, envidia y depresión. Irremediablemente, la única salida es la enajenación, como bien definen los eneagramas occidentales de la personalidad al tipo cuatro o cuarto vértice. Amador encaja en esta descripción, y nadie se lo iba a decir jamás.

Amador nunca había escuchado alguna canción de Dylan, pero semejante a él poseía múltiples virtudes artísticas: enamoraba con poemas, escribía versos y los cantaba en fiestas, una vez dibujó casi a la perfección el rostro de una de sus novias, tal gesto le valió la fama de artista y la licencia para un par de infidelidades. Tampoco se parecía  físicamente a Dylan  pero cuando lo vio en un póster en el cuarto de Cloe, luego del acto del amor, que siempre le sucede,  como un premio, al juramento del amor, se reconoció vagamente, como el rostro que se esboza en el espejo ahumado.

El amor es una debilidad, nos vuelve vulnerables en una  etapa en la que estamos expuestos a una serie de peligros y daños irreparables, como la pérdida de la confianza luego del engaño o la aceptación de la soledad como el mejor de los escudos;  por el contrario, el desamor es la herramienta que genera la superación personal, como una fuerza que te obliga a la auto sanación, como el sudor que consuela al cuerpo afiebrado previo a la recuperación. Así pensaba Amador.

Cloe lo conoció arrogante. Con escasos diecisiete años tuvo el infortunio de conocer el peor de los amores, el no compartido. La destreza en la articulación de las palabras, la representación gráfica de los sentimientos, y el desarrollo de otras expresiones artísticas de Amador no lo llevaban a obtener un buen trabajo, tampoco una beca estudiantil; por el contrario, estaba obsesionado con el dolor y la melancolía. Una vez soñó que Cloe lo engañaba, al despertar deseó que el sueño fuera realidad. La odió secretamente. Ella lo enteraba de su amor en cada sonrisa.

Poco después de descubrirse masoquista, empezó a temerle a todo, cualquiera podría ser su enemigo o en cualquier lugar de la ciudad estaría esperándole alguna trampa mortal. Tales paranoias lo tenían fascinado.

Se propuso la siguiente solución: sus miedos, generados por él mismo, los guardaría como el secreto más aberrante que puede callar un hombre, como un gozo privado. Sólo expresaría dicha e ingenio. Pero es ardua la labor de quien debe decir lo que no siente, y más arduo es callar lo que de verdad se quiere decir. A este último problema también le encontró solución. Sin darse cuenta, como los recién nacidos cuando aprenden por imitación el comportamiento, había adoptado una serie de poses y manías de  personajes públicos que poseían gestos que no reflejaban nada a quien los mirase, como mirar al mar, que es atractivo por ser inalcanzable, pero indescifrable por la misma razón. Tenía argumentos aprendidos para distintos  temas de conversación, así, un día podía justificar la peor de las guerras y por la noche asombrarse por la muerte de una res a manos del hombre. Poseía entonces una buena cantidad de gestos practicados al detalle, sus maestros eran la televisión y los libros. Pero su nuevo comportamiento lo envilecía cada vez más: Cloe lloró toda una noche al descubrir que Amador era incapaz de demostrarle algún gesto de amor en público. Todo empezó como un juego: ella le ponía apodos cursis, lo besaba en la frente dándole infinitas bendiciones, finalmente lo imantó a su ser en un abrazo casi eterno, y así, en vano esperó la reciprocidad. Él tenía que seguir firme, como el soldado que se resiste a delatar a su armada cuando es interrogado por el enemigo: el amor es una debilidad, el amor es una enfermedad, el amor nunca es eterno. Empequeñecido en el abrazo de Cloe descubrió que le aterrorizaba la inexorable soledad.

En 1965, en una conferencia de prensa en San Francisco, Bob Dylan ridiculizaba a los periodistas: se desentendía de las preguntas con una actitud tan atractiva que la misma prensa ridiculizada aprobaba. El gesto máximo de la indiferencia no te da la victoria en una discusión, pero te permite terminarla sin perder. Un reportero le pregunta a Dylan por su presencia en una manifestación, pactada para el mismo día en horas más tarde, en contra de Vietnam frente al hotel Paramount, realizada por la juventud norteamericana comprometida y azuzada cada vez más por las canciones del mismo Dylan. Amador miraba ansioso el documental que reproducía dicha conferencia. Dylan responde: Esta noche estoy ocupado. Luego se dibuja una sonrisa socarrona en su rostro. Luego se sacude cualquier responsabilidad en dos pestañeos. Luego la risa se hace masiva y cómplice.

Marta lo engañó siempre. Ella adoraba la actitud bohemia de Amador, por eso siempre lo consideró a él su pareja oficial, los demás la disfrutaban en la clandestinidad. Amador nunca supo cuántos amantes tuvo Marta, sólo tuvo la certeza de la existencia de uno de ellos. Se enteró justo el día de los enamorados. Yendo a separar una habitación en un hostal, la vio salir de ahí con un tipo muy parecido a él. Éste llevaba un traje anacrónico y fumaba dando bocanadas interminables. Ella parecía adorarlo, al amante le era indiferente.

La idea de Marta fornicando con el otro falso Bob Dylan saturaba todos sus pensamientos. Le sorprendió lo impredecible de sus sentimientos. Algunas veces le daban arcadas, otras veces se excitaba imaginándola lo más vulgar posible en sus encuentros secretos, otras veces se sentía humillado, y a cada sentimiento le correspondía una acción también impredecible, algunas veces hacía dibujos de muchos hombres fornicando a una sola mujer, otras veces bebía o consumía drogas, otras veces se masturbaba imaginándola con otros, les ponía distintos rostros y cuerpos a sus amantes. Nunca le dijo nada a Marta, tampoco le fue infiel. Los celos callados lo ataban más a ella, quería saber siempre su ubicación, qué hacía cuando él no la veía, cuántos amantes tendría. Pero nunca hizo nada por descubrir más, su mente era su acosador incansable. Amador hizo todo lo posible por mantener viva esa relación, pero cada vez se sentía inferior a ella, para estar a su nivel empezó a despreciarla. Le comentaba a menudo que había conocido a una chica más linda que ella, algunas veces la dejaba plantada en sus citas, otras veces  le dejaba pistas de infidelidades que nunca cometió, sólo así se sentía cómodo ante su presencia. Marta terminó con él tres meses después. Le dijo que sentía un alejamiento de parte de él, que ya no la amaba como antes y que había encontrado a alguien que sí lo hacía. Amador perdió la mirada en la insondable noche y calló con todas sus fuerzas un no me dejes.

El vínculo que lo unió a Omaida, dos años después de lo de Marta, fue la admiración que sentía ella por él. A la admiración le sucedió la dependencia, como era de esperarse.  Ella era mayor que él. No reconocía en la vida de Amador ninguna actitud de los jóvenes de su época, todo era especial en él, como una nueva juventud. Amador sólo desarrolló en esta relación el egocentrismo y el abuso, como era de esperarse.

Cada gesto de indiferencia por parte de Amador calaba en Omaida como una acusación o venganza. Por ejemplo, ella llama por teléfono y él no contesta, ella piensa qué acción pudo cometer para que él se molestase al punto de no responderle las llamadas. O él se niega a verla en un periodo largo; ella piensa que la razón más probable es un castigo por no haberle dado la cantidad justa de intimidad. Así, en un periodo aproximado de dos años, se dieron las más disparatadas situaciones de reciprocidad. Una mirada de desprecio podía generar una mayor cantidad de besos. Un rasguño sospechoso en la espalda o pecho, derivaba en una noche de sexo. El mirar con deseo a otra mujer lo hacía merecedor de un almuerzo familiar en casa de ella. Pero tal contexto pronto se volvió un tormento para Amador. Al cabo de un buen tiempo, llegó a pensar que todas esas actitudes de Omaida eran producto de un sentimiento de culpa que la agobiaba y que sólo podía apaciguar con tales complacimientos. Un sentimiento culposo como una infidelidad. Más adelante pensó que ningún gesto de indiferencia o desprecio era atendido como tal porque ella no lo amaba realmente. Casi siempre concluía que Omaida toleraba esa situación como sacrificio para no caer en la más profunda soledad.

Entristecido decidió terminar con esa relación. Lo pensó mucho antes de decidirlo en su totalidad. Evaluó todos los beneficios que esa relación le ofrecía, y estos superaban largamente  las penas de su agitado pensamiento. Aun así, sabía que pronto tal situación terminaría por cansar a Omaida. Se planteó a sí mismo el siguiente razonamiento: si yo cometo alguna acción que enfatice mi desagrado por ella, esta acción sólo generará que ella se adjudique las causas que la provocaron. Entonces, duplicará sus esfuerzos para revertir tal situación. Después, razonó más detalladamente: Yo termino con ella. Luego, ella se siente culpable. Entonces, me pedirá una nueva oportunidad ofreciéndome el doble de amor. Tal razonamiento, evidentemente, era un sofisma.

Ultimaba detalles de su matemático plan, cuando una tarde, de un diecisiete de julio, recibió una inesperada llamada telefónica de Omaida. Primero, le reclamó tanta desidia en tanto tiempo de relación, luego le contó que últimamente sólo sentía tristeza y desazón. Finalmente, lo enteró de cuánto lo quería, sin ejemplos ni artilugios verbales, digamos que simplemente cuantificó su amor en infinito. Luego le cedió el turno a Amador. Él pensó que era  obvia la razón de esa llamada. Era el momento perfecto para ejecutar su plan. Pero el plan no estaba terminado. Tendría que improvisar. Al silencio sepulcral le sucedieron las siguientes palabras de Omaida: prefiero terminar la relación que seguir sintiendo esta pena, a menos que quieras convencerme de lo contrario… Omaida, recién al cabo de unos segundos se pudo percatar que ya Amador había colgado.

Dos años transcurrieron lentamente. Amador tenía ya treinta y cinco años. A esa edad conoció súbitamente a Adela, en un bar. Él la sacó a bailar, ella aceptó. No se volvieron a ver sino hasta el final de la noche. Ella tropezaba subiendo las escaleras (el bar era un sótano), él la vio y corrió a ayudarla. Adela no estaba sola, la acompañaba su prima, Ester. Intercambiaron números en ese instante y se despidieron. Pocas horas después, las primeras luces del día ingresaban al cuarto de Amador, augurando el inicio de una nueva aventura. Adela lo llamó y le agradeció por lo de la noche. Él se iba enamorando sin oponer resistencia.

Adela era diez años menor que Amador. Era de una provincia alejada de la capital, de una ciudad calurosa. Era madre soltera, trabajaba y pagaba sus estudios de cosmetología. Tenía el rostro angelical y malévolo a la vez, como de niña disfrazada de adulta. Pesaba cincuenta y cinco kilos y medía un metro con sesenta y tres centímetros. La maternidad y la juventud moldearon sus senos y caderas en justa proporción diabólica. Era salvajemente hermosa.

Amador la deseó desde el primer día que la conoció. Pensó que ya era momento de enamorarse de verdad,  y Adela, con su estructura ósea infernal, le pareció la mejor opción. Al cabo de dos meses, formalizaron su relación con un encuentro sexual. Nunca hubo palabras de por medio. Ella le juraba que cada vez más se iba enamorando de él. Él se pasaba los días buscando fórmulas para eternizar la relación. No volvería a cometer más el error de interpretar al maléfico Dylan.

Nunca reparó, Amador, en que Adela vivía constantemente asediada por otros admiradores. Un día en una heladería, Adela atendía una llamada telefónica. La ausencia de clientes en el local permitió que Amador se percatara que la voz en el teléfono celular de Adela, era masculina. Adela, con toda naturalidad, concluyó la conversación telefónica pactando un encuentro con el desconocido un par de días después.

La última vez que lo vi a Amador, me contó la historia de su vida en una noche interminable en el bar de un amigo en común. Casi al amanecer pudo concluir que aún seguía viendo a Adela, que sentía una atracción enfermiza por ella. Terminábamos la velada con unas canciones de Bob Dylan, que Amador aprendió a cantarlas muy bien. Yo acompañaba con una guitarra del local. De pronto una llamada en mitad de canción inmortalizó el rostro de Amador en un gesto de desesperación. Era Adela. No sé qué conversaron durante ocho minutos exactos, pero al final pude ver a Amador, convertido en un desmejorado Bob Dylan, cantarle, o más bien, resumirle su historia en una frase: no me dejes, I want you so bad.



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