sábado, 28 de mayo de 2011

Un ángel escondido

Suena como reloj cuando ella baja las escaleras: un paso es un segundo; y desde mi posición logro ver sus piernas regordetas aparecer, sus nalgas parecen los cojines de mi sala, su nariz es larga pero muy fina, y sus ojos grandes, enmarcados en el contorno rojo de sus lentes, parecen siempre estar a punto de llorar.
 
Un día entró a mi lugar y se rió como bruja. Me causó ternura. Siempre anda ocupada y come sola. Sé que sabe que la miro, pero ella nunca me mira a mí. Ella lleva mucho más tiempo que yo ahí, pero no habla con nadie. Yo la saludo cordialmente: agito la mano, me acerco e intento iniciar una conversación, pero ella sólo dice buenos días y jamás cruza esa barrera que la uniría a mi secreto.


Un día yo fui a su lugar, el famoso segundo piso, y la vi  en un cubículo pequeño tecleando una computadora (¿Quién esconde a un ángel así?). Pensé que al estar ahí ocho horas al día cualquier mujer se convertiría en bruja. Pero ella no es bruja. Es mamá. Hoy me enteré. No me la imagino haciendo o dejándose hacer el amor, pero ya es mamá. Me lo contó hoy.

Imagino que un hombre la espera en las noches, por eso sale rápidamente a las seis, no se despide de nadie porque da igual, a todos nos volverá a ver al día siguiente. Y yo la veré también, distinta a como la ve el resto: unida ya, por un delgado hilo, a mi secreto.

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